sábado, 4 de marzo de 2017

De la orfandad de los libros

Existe en la lengua portuguesa una palabra hermosa que denota un acto cotidiano, y por cotidiano, simple: assinar. Uno assina cuando endosa un cheque, cuando dedica a un lector un libro de autoría propia, o cuando indica su hora de llegada al trabajo. En el español nos conformamos con la palabra firmar, para referirnos a la misma acción.

     Firmar es un acto de reconocimiento. En nuestro español decimos (sobre todo los hombres) que vamos a echar una firma si nos disponemos a orinar; los perros marcan con su orina lo que procuran como propio. Firmar también es un acto de reconocimiento en el otro: esta es mi firma porque es diferente a todas las demás y sólo me identifica a mí, por lo que cada que la veas has de saber que sólo yo estuve allí y nadie más; no es tu firma porque no te identifica; observa mi firma y alábala o desdéñanala pero, aunque lo intentes, no la podrás copiar.

     La firma es exageración de la autenticidad: el nombre mismo lo podrán tener dos personas distintas, mas la firma es autentica porque es única. Dos firmas idénticas no existen, y si hay dos que entre sí se parezcan los firmantes acordarán una ligera modificación que defina las diferencias.

     Todo eso pensé el día que compré un libro por la firma del que se ostentaba su autoría, en la dedicatoria a una tal Beatriz.

     El año pasado acudí a una malplanificada feria del libro en el corazón de mi comunidad. Llamó mi atención el que hubiera dos o tres mesas con libros de viejo. Me acerqué, incrédulo, y comencé a hojear los títulos: pocas cosas que valieran la pena y, aquellas que en efecto lo valían, a sobreprecio (he aquí otra bella palabra). Conocía a Samperio por un librito de cuentos que había comprado antes en un tianguis de domingo. Se llamaba Textos extraños, y de dibujo de portada tenía un animal digno de confundírsele con los de la mitología griega. Ya no lo tengo conmigo porque después de leerlo se lo presté a una mujer a la que quiero mucho y ya no me lo devolvió. Es tonto el que presta un libro, pero más tonto el que lo regresa. Pero de pronto helo ahí, con una cubierta digna de una edición infantil de un libro de Verne, mal adaptado e ilustrado por un diseñador que odia su trabajo: Humo en sus ojos de Guillermo Samperio.

     —¿Cuánto cuesta?—, pregunté. Contestó que veinte. Mientras lo revisaba sucedió algo que nunca me había acontecido, era como haber visto un fantasma amistoso, sorpresa sin miedo; como descubrir que algo que uno sospechaba real estaba materializado en algo tangible. El libro estaba dedicado a Beatriz, con fecha del 16 de mayo del 2001, por un tal Guillermo Samperio. Pagué y con cambio. Mientras corría volteba de reojo para ver si el dependiente no venía detrás de mí después de haber cometido tan garrafal error.

     ¿Sería genuina la firma de Samperio? ¿Por qué Beatriz se habría despojado de un libro firmado por su autor, sobre todo si ese autor es un gran cuentista como pocos los ha habido en México?

     Un libro con dedicatoria es un libro personal, personal como personal es el cepillo de dientes o los calcetines. Si bien puede existir una escisión del lector con el objeto de lectura, en aras de que alguien más lo lea, eso es una situación íntima, pactada en secreto por aquellos que se han conocido.




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